Cafayate: Un viaje al cajón de mis recuerdos

Posteado el 30-01-2013

Cafayate nos recibió con una agradable noche. El cielo, orgulloso, mostraba una luna inmensa que iluminaba los viñedos de la zona y a su alrededor un espectáculo de estrellas que hacían juego con su hermana mayor.

Entramos caminando por la calle principal en búsqueda de un hospedaje donde pudiéramos pasar la noche y darle un respiro por varios días a nuestros cuerpos que venían cansados de tan extenuante jornada. Preguntamos en varios hostels y la respuesta que obtuvimos fue que la capacidad estaba repleta. En varios de ellos, me dio la impresión que había disponibilidad de camas pero nuestra pinta de “coleccionistas de tierra y olores varios” hacía que aquellas nos fueran negadas. Seguimos caminando por un buen rato, nos alejamos unas cuadras del centro y dimos con el hospedaje de Jorge Madozzo quien nos abrió las puertas de su hogar de par en par. Jorge es un hombre mayor pero se nota que conserva un alma fuerte. Amante de las aventuras y del alpinismo, en sus épocas de juventud ha sido un gran expedicionario. Escaló altas cumbres y abrió junto a su equipo varios caminos y sendas que le han servido a nuevos y jóvenes aventureros. Las paredes del hostal dan nota de todo esto ya que están decoradas con recortes periodísticos de sus hazañas, cuadros y fotos de sus cumbres, antiguos equipos de alpinismo y muchas cosas más que le dan a uno una vaga idea de lo difícil que debe haber sido escalar y llegar hasta aquellos lugares sin los equipos de comunicación y la tecnología con la que contamos hoy en día.

Entramos al Hostal con La Pinta y La Cabra, dimos cuentas de dónde veníamos y lo que estábamos haciendo, explicamos que no estábamos locos y nos instalamos en una habitación que sería nuestro paraíso por tres días. Espátula en mano, nos pegamos una ducha intentando quitar las capas de tierra que nos habíamos robado de la “Quebrada de las Conchas” y tratamos de abandonar la imagen de hombre de las cavernas que el día nos había dejado. Con un poco más de pinta de ser humano y prometiéndonos no caminar más de tres cuadras, salimos en búsqueda de algo para comer. Atacamos una pizzería que se nos puso en el camino, devoramos en 10 minutos lo que nos pusieron frente a nosotros y antes de quedarnos dormidos en aquel lugar volvimos a reencontrarnos con nuestras camas que ansiosas esperaban por nosotros.

Los días en Cafayate fueron unas mini vacaciones que nos sirvieron para despejar un poco la mente, conocer una hermosa ciudad y volver a recordar momentos de nuestra infancia. No voy a relatarles la hermosura del lugar y las cosas que se pueden visitar aquí porque en Google lo pueden encontrar todo. Lo que sí quiero contarles son las sensaciones con las que nos quedamos del lugar.

Principalmente lo que más nos llamo la atención fue el respeto con el que tratan a los demás. Lo que les voy a relatar no pasó en Marte ni en Jupiter ni en China. Una mañana mientras caminábamos con santy recorriendo las calles del pueblo, nos cruzamos con tres policías que venían caminando hacia nuestro encuentro. Al pasar junto a nosotros, los tres al mismo tiempo con una sonrisa en sus rostros nos regalaron un “buen día como les va” y siguieron caminando hasta perderse en la siguiente esquina. Con santy nos miramos sorprendidos por el hecho ya que no esperábamos de ninguna manera recibir un trato tan cordial de quienes están en defensa de la comunidad. Ese simple hecho nos alegro y nos dio una sensación de seguridad que permaneció en nosotros durante los tres días que permanecimos allí.

Las noches de Cafayate me hicieron recordar los días de mi infancia en San Nicolás. Eran las 22:00hs y había salido a caminar un poco en búsqueda de unas empanadas que engañaran a mi estómago. Mientras caminaba a paso lento me di cuenta que aquello que pasaba en las puertas de las casas, que iba dejando a mi espalda, era lo que también se vivía en las puertas de las casas nicoleñas hace un poco mas de 20 años. Abuelos y abuelas con sus hijos y nietos sentados en las puertas de sus casas, mateando, conversando, simplemente viendo la gente pasar. Mi cabeza no pude evitar llevarme al recuerdo de mi infancia y sacar del cajón de los recuerdos la imagen de mi abuela, junto a mi tía y a “La Negra” tomando fresco en el zaguán de su casa, al lado de la cochería. Continué con mi paso lento preguntándome donde había quedado aquello y si algún día las familias podrían volver a sentarse en las puertas de sus casas sin miedo.

Pasaron los días de descanso y debimos volver a montar La Pinta y La Cabra para continuar con nuestra marcha. Nos fuimos de Cafayate muy contentos, con ganas de volver algún día (en auto) con un poco más de tiempo y sabiendo que aún hay lugares donde se puede vivir tranquilo.

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